Memoria de la Amazonía Ecuatoriana,
Alejandro Labaka, Obispo y Mártir,
Inés Arango, Virgen y Mártir
(21 julio 1987 – 21 julio 2012)
XXV ANIVERSARIO


 Voy a narrar una historia muy bella de esta tierra, historia de sangre y amor. Historia, no novela; no una recomposición poética en alas de la fantasía, nido de amores. Historia de carta por aquí y documento por allí; historia de ojos vivos, que la cuentan estremecidos – con un nudo en la garganta y lágrimas de ternura - los que fueron a recoger a las víctimas. Eran dieciocho lanzas guerreras, de más de tres metros, clavadas en el cuerpo de Alejandro. Remataban con plumas de ave, y de lejos parecían un florón en la selva. Así lo contaba el fornido y veterano misionero José Miguel Goldáraz, el Rescatador.

Historia minuciosamente contada en un libro de Rufino María Grández, Vida y martirio del Obispo Alejandro Labaka y de la hermana Inés Arango (669 páginas de hoja grande y letra menuda. Coca, Vicariato Apostólico de Aguarico, Ecuador. Cicame: Centro de Investigaciones Culturales de la Amazonía Ecuatoriana, año 2009), obstinadamente confrontada con 1313 notas de apoyo. Séame lícito, pues, con esta base, narrar tan solo, para almas sencillas (para ti, querida lectora, querido lector), la coronación de estas dos vidas misioneras, que, al final, por gracia de Dios, confluyeron en una sola.

El día 19, domingo (19 de julio de 1987), fue día de preparativos. Inés se había confesado con Monseñor. Mañana, lunes, día 20, de madrugada saldrían el Obispo y la Hermana rumbo a la mínima tribu de los Tagaeri, una minoría entre pueblos no contactados.
Monseñor, tras el último viaje de inspección en helicóptero, había escrito a la Compañía petrolera, cuyos servicios alquilaba el Vicariato: “Con la última evidencia de los signos positivos para un acercamiento personal, se decide que Mons. Alejandro Labaka y la Hna. Inés Arango, Misionera Terciaria Capuchina de la Sagrada Familia desciendan, Dios mediante, el día 20 de Julio de 1987”.
Nos cuenta Laura Fernández, una hermana de aquella pequeña comunidad de Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia de Francisco de Orellana o Coca, en la margen del río Napo, afluente del Amazonas:
“Aquella misma noche del día 19 por la noche fui a su habitación la encontré arreglando todo… En la mochila o shigra preparó tres cosas: una cámara fotográfica, un rollo de esparadrapo y un bote de nescafé. Me dijo:
- Tengo que dejar todo arreglado.
- Y ¿no te da miedo entrar a los Tagairi?
- No, Laura. Si muero, muero feliz. Ojalá me dejen en la selva.
Inés se arrodilló y me dijo:
- Esta ropa me la han regalado mis familiares; es para los Huaorani.
Nos abrazamos y salí de su pieza. Pero regresé inmediatamente y le dije:
- De verdad, Inés, ¿no te da miedo?
- No, me dijo; porque si muero, muero como y donde se lo he pedido al Señor” (Vida y martirio, 543).
Parece que está todo seguro, pero hay un misterioso presentimiento de que algo puede pasar. De hecho, o fue aquella noche, o fue a la madrugada… (¿acaso un día después?), cuando Inés dejó sobre su escritorio, por lo que Dios pudiera disponer, una hoja suelta escrita de puño y letra con ese mensaje:
“En caso de muerte:
El dinero que queda es así. Colombiano de mis hermanas, Ángela y Ana Isabel y 2.000 pesos de Roque. 4. (=4.000) sucres debo a Gabamo por motorista. 5.000 me había dado Imelda y no los gasté. El resto de los 25.000 que me dieron en Rocafuerte para lentes, dientes, etc. que lo empleen para aucas y pobres.
Si muero me voy feliz y ojalá nadie sepa nada de mí, no busco nombre... ni fama. Dios lo sabe.
Siempre con todos.
               Inés”.

* * *
El día lunes (20 de julio) salieron rumbo al deseado destino.  La Hna. Cristina Tamayo, cronista de la comunidad, escribió en la Crónica de la comunidad:
“En eso de las 5.30 de la mañana salieron Mons. Alejandro, Roque, Inés y Cristina hacia la compañía CGG con el fin de dejar a Mons. Alejandro y a Inés quienes irían en helicóptero al sitio donde se encuentran los Tagaeris. Dado que el cable para la bajada del helicóptero se había roto y aún no estaba reparado se postergó el viaje para el día martes. Después de preparar algunos víveres y utensilios que da la compañía, desayunamos allí mismo. Seguidamente regresamos y trajimos a (XX) Huaorani que se venía por tener a su hija enferma. También entramos a saludar a las Hnas. Dominicas (Elvira estaba, Tere, Merche, Clarita) y a eso de las 11 a.m. llegamos al Coca” (Vida y martirio, 545).
20 de julio, que es la fiesta nacional de la Independencia de Colombia. Allí en Coca se habían juntado un grupo de las terciarias capuchinas para celebrar la fiesta patria. Y continúa la cronista Cristina: “Las Hnas. Emma, Laura Salazar, Nelly Posada, Luz Elena Restrepo, Gabriela Arango, Martha Oliva, Inés Arango, Candela Quijano, Lucero Giraldo, Cristina Tamayo nos reunimos en esta casa con el fin de ayudarnos y buscar formas de vivir mejor. Todo el encuentro estuvo dentro de un clima muy fraterno y positivo. Quedamos de reunirnos el día 7 de septiembre. En la tarde cada quien marchó a su casa felices de haber celebrado también la Independencia y por llevar medicinas, ropa, alimentos para los pobres. También nos acompañó un rato Mons. Alejandro. Este mismo día Laura Fernández salió para Quito” (Vida y martirio, 546).
      Y entretanto Mons. Alejandro Labaka, vasco de Beizama, Guipúzcoa, obispo desde hacía dos años y medio, 67 años de edad, un idealista audaz, apasionado por los indígenas, que había estado en la última sesión del Concilio Vaticano II (1965) cuando era Prefecto Apostólico y que allí aprendió lo qué son las “semillas del verbo” (semina Verbi), que Dios ha derramado en todas las culturas, según san Justino (siglo II), palabras que con otras tomó para su escudo episcopal…, ¿qué pensaba y qué sentía?
En realidad estaba preocupado. Pero tenía prisa y urgencia, y decía: “Si nosotros no vamos, los matan a ellos”. La Compañía petrolera sería humanitaria, pero, en caso de ataque, no habían de ahorrar los rifles. El Obispo, en cambio, pensaba bajar desnudo, o, si se quiere, con el único atuendo de los indígenas, el “cumi” que sujeta el miembro viril…
Una noche, allí en Coca estaban cenando los hermanos, los tres o cuatro de la comunidad, entre ellos el P. José Miguel Goldáraz, de Osinaga (Navarra).
“José Miguel, Vicario General, en tono de conversación de mesa, le dijo en la cena:
- Mira, que te van a matar.
Monseñor festivamente le responde:
- Bueno…, pero ya dejo un buen sucesor.
Y José Miguel rubrica:
- De todas formas, yo bajaré a recogerte…” (Vida y martirio, 546). Y así fue, heroico profeta.

* * *
Llegó, pues, el día 21 de julio, martes. El P. Roque Grández, capuchino misionero en Coca, de madrugada les llevaría al helipuerto de la Compañía, de donde arrancaba el helicóptero. Él mismo se brindaba a bajar con ellos… Luego dejó un relato detalladísimo de todo lo acontecido.
“Pero antes de que comience Roque a contarnos, minuto a minuto, cómo se fue deslizando el día 21 y el día 22, he de dejar testimonio verídico de lo que pasó el día de su martirio a las 5.15 de la mañana. Es lo que contó la Hna. Laura Fernández:
Sor Inés era muy activa y muy orante; les recalcaba la oración, catequesis, apostolado… Le gustaba rezar los salmos pausadamente…”. Y sigue: La Hna. Candela, la mayor de la comunidad, siempre dispuesta a servir, vio que la Hna. Inés a las 5.15 estaba orando en la capilla: Me arrodillé – dice Candela - y oré por ella. A los diez minutos llega el carro. Nos abrazamos y se fue para siempre”.
Posteriormente he sabido cómo oró Inés. El sagrario estaba en un mueble bajo, e Inés, de rodillas, tenía la frente apegada al sagrario.
¿Qué dijo Inés a Jesús en aquella madrugada del día del martirio?

El misionero que les lleva, mi hermano Roque, dice en su relato:
“Antes de las 7 de la mañana llegamos al campamento. No hace buen tiempo. Las nubes no se levantan y el cielo bajo está grisáceo. Nos presentamos en la barraca del Jefe del Campamento. Como hay amistad, hay también rutina y naturalidad en los saludos. Para hacer tiempo nos vamos al galpón-comedor y como el día anterior podemos desayunar a la carta. Inés apenas si sorbe unos tragos de café. Monseñor desayuna y yo repito el del día anterior. Parece que vamos a tener que esperar un tiempo, bastante, hasta que despeje el horizonte. Cae una lluvia fina.
(…)
Después del desayuno Monseñor con Inés se van a dar vuelta por la bodega, a controlar la lista del día anterior a hablar un poco con el piloto Apolo traído expresamente de otro bloque a este para la operación de descenso y con el mecánico francés. Todo está a punto, solo hace falta que se levante el tiempo. Yo me quedo en el galpón curioseando las revistas francesas tiradas en un estante: L'Expres. Paris Match, de este tipo. Salgo del galpón y busco con la vista a Monseñor e Inés, los encuentro a la puerta de la bodega, tomo aire, respiro aire fresco, mojado, vuelo al galpón, paso hojas, mato el tiempo.
Monseñor e Inés aparecen. No saben qué hacer. Hay que esperar. Al fondo, en la rinconera de un mostrador, que hace de bar nos recogemos, sentándonos silenciosos. No tenemos conversación. Está todo tan hablado. Solo esperamos. De vez en cuando comentarios fútiles de lo que vemos en el campamento o lo que en otras ocasiones hemos visto. Estamos haciendo tiempo. Pasaron ya las 9 de la mañana y nos acercamos a las 10” (Vida y martirio, 457).
A las 10.30 vuela el helicóptero.
Pasa el tiempo, y mientras tanto el misionero sueña…  “Estoy ilusionado. Se marcharon. Mañana yo iré a visitarlos. Para mí será la primera vez también entre los Huaorani. No me importa el colegio. Por un día dejaré de ir. Los exámenes seguirán su curso. Y llevaré las cámaras y haré fotos de recuerdo. Nadie en Ecuador sabe lo que está pasando y es el momento más grande de su historia. El último grupo que queda sin contacto con el resto de los ecuatorianos, hoy serán integrados a la nación. Una vez más la Iglesia en su Obispo y en su humilde misionera serán quienes harán esta gran obra. Se necesita valor. Dios nos lo da porque nos da amor a este pueblo. Hay un rato en que uno queda como embobado, ensimismado por la ausencia, la marcha de los otros y el pensamiento del posible peligro uno lo retira, no lo deja entrar, sencillamente lo sofoca. No aparece. Se tiene la ilusión del éxito del encuentro feliz” (Vida y martirio, 549).

* * *
Al día siguiente irían a visitarlos.
“…Igualmente el día 22 me levanto temprano. Sé que tengo tiempo para llegar a tiempo, y marcho solo. El plan es ir a visitarlos. Esperamos que Monseñor habrá limpiado con machete y hacha el lugar y podremos aterrizar, bajar y encontrarnos con los nuevos amigos. Sale un día espléndido, sin niebla, el cielo limpio. El carro marcha bien a velocidad. Y tengo accidente. En una curva el que viene de frente, también a velocidad, me obliga a echarme a mi derecha y caigo en la cuneta. Me quedo solo. No puedo sacarlo y es de doble transmisión. Me toca esperar y me pongo nervioso. ¿Si salen sin mí? Son 10 minutos malos esperando que algún otro carro pase y me ayude a desencunetar el mío. Así ocurrió.
Son como las 7,45 de la mañana cuando el helicóptero se levanta del suelo para ir a visitar a los Tagairi y convenir con Monseñor en qué momento se ha de volver para recogerle. Vamos 4 personas: el piloto Apolo, el Sr. Roques, Jefe de la CGG, Michel, francés y un servidor. Vamos contentos. Yo preparo la máquina de fotos y hago algunas de ambiente. Pasada media hora estamos ya a las puertas del bohío que desde lejos lo divisamos.
Pero me quedo consternado al encontrarlo vacío, sin gente, desierto, cuando estaba esperando el gozo alborozado de un grupo que nos sale al encuentro con alegría, haciendo corro al helicóptero que desea posarse con cuidado. No hay nadie y no veo a nadie, tampoco a Monseñor. ¿Se lo habrán llevado? ¿Qué ha pasado? Y el helicóptero ya ha atravesado el bohío y se dispone a dar otra vuelta.
Sí, abajo, a 4 o 5 metros de la puerta de la casa está Monseñor tendido, desnudo, apoyada su espalda sobre un tronco y la cabeza pendiendo hacia atrás, los brazos abiertos caídos. A Inés no la veo. Y el helicóptero ha atravesado de nuevo el lugar. Y ya no recuerdo si de nuevo da otra vuelta. Tomamos el camino de regreso. El piloto grita alborotado. El Jefe de la CGG me mira con rostro alterado. Michel pregunta por la hermana y los otros confirman que también está lanceada, y el piloto de nuevo comienza a gritar desaforadamente.
Les pido que me lleven directamente a Coca, y me dicen que mejor volver a la base. Entiendo. No insisto. Llegamos: naturalmente, no nos esperaban. Recién habíamos salido y ya habíamos vuelto. El mecánico del día anterior nos abre la puerta y él es el primero que se entera de labios del piloto. Baja el Sr. Roques. Yo no tengo ganas. Estoy como sin fuerza, clavado al asiento. Veo que el Sr. Roques se para en el camino, se inclina al suelo apoyando su cuerpo sobre las manos que descansan sobre las rodillas. Se va haciendo verdad que los mataron.
Me bajo, ando solo, cabizbajo. Se me acerca el piloto, me echa una mano queriéndome dar el pésame y no pudiendo resistir me desato en llanto. Llega a la barraca y ya está el Jefe hablando con sus superiores de Quito. Van llegando trabajadores. Le entrego las llaves de mi carro al francés Michel y le pido que me lleven a Coca en el helicóptero” (Vida y martirio, 550-551).

* * *
Con urgencia se organizó el rescate: tres helicópteros del ejército a disposición de los misioneros con una veintena de soldados armados. El P. José Miguel asumía la dirección de este operativo, con una orden rigurosa que él conminó: ¡Ningún disparo!
Los indígenas habían desaparecido y habían dejado allí los cuerpos victimados. Los helicópteros no podían tomar tierra por la exuberancia de la jungla y había que actuar con destreza y rapidez.
Mons. Alejandro estaba traspasado con 18 lanzas. José Miguel mismo las fue sacando una a una; a veces presionando con el calzado el cuerpo del Obispo, para retirar las lanzas que tenías unas muescas para que, al clavarlas, quedaran dentro, sin volver.
La Hermana, descalza, con el velo recogido en el bolsillo, no se había despojado de su ropa, estaba atravesada con tres de esas lanzas guerrera. Y, como también hicieron a otras mujeres en otra ocasión, le habían clavado una lanza en la vagina, acaso queriendo matar la fuente de la vida. Resulta muy desagradable el contarlo, pero esa es la verdad.
Los misioneros nunca quisieron decir: “Los han asesinado”. Los indígenas, a sangre y muerte, se han querido defender… Cierto que luego hicieron un rito sangriento pinchando con lancetas los cuerpos exánimes, un signo seguramente de ser copartícipes toda la tribu de aquello que habían llevado a cabo los valientes.
Llegaron las víctimas a Coca y les introdujeron en una sala del Seminario para la limpieza y reconocimiento, con acta pública, y dejar constancia del número de heridas y orificios que presentaban los cuerpos desangrados.
Coca entera se volcó con frenesí con aquellos que dieron su vida por amor a quien amaban con el ser entero. Se abrieron las tumbas para que reposaran delante del altar de aquella pequeña iglesia, que es la catedral.
Antes de enterrarlos se les quiso pasear apoteósicamente por las calles. Había reparos, porque en los cuerpos, destrozados, se iniciaba un estado de descomposición. Pero uno, a quien llamaban “el loco”, muy sensatamente gritó: ¡Aquí no huelen los muertos!

* * *
Al final de esta corrida relación, yo no puedo menos de decir, lleno de nostalgia:

¡Mis hermanos Alejandro e Inés,
declarados Siervos de Dios por la Iglesia,
mártires de amor por quienes amabais,
rogad por nosotros!

Rufino María Grández, ofmcap
Julio 21 de 2012